“No sé qué me falta por vivir”, dijo Facundo Cabral una mañana fría. Era martes 6 de abril del 2010 y, a pierna cruzada y bastón en mano, ejercía uno de sus más diestros oficios: conversar; estaba en el hotel La Condesa, Heredia, un día antes de los que serían sus dos últimos conciertos en Costa Rica.
Después de lo sucedido ayer, quienes colmaron el 7 y 8 de abril las funciones en el Teatro Nacional no olvidarán jamás aquella cita; su último cara a cara con el hombre de No soy de aquí, ni soy de allá. Ayer, en la madrugada, el cantor fue asesinado a balazos en Guatemala, mientras iba camino al aeropuerto internacional de La Aurora.
Ayer, Guatemala se afanaba en buscar a los culpables, mientras América completita condenó el acto que acabó con los 74 años de vida de Cabral.
Facundo Cabral lo mismo cantaba, que componía; dibujaba que escribía; recitaba lo propio y lo ajeno, que hacía propio. Lo mismo pedía igualdad social en canciones como Pobrecito mi patrón, que paz y amor cobijado por lo que llamaba “cristianismo ecuménico”.
La suya era una prédica sin iglesia y sus guías eran las vidas, ejemplares de Jesús, Gandhi y la Madre Teresa de Calcuta, según decía.
Cabral contaba que una vez le preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta si tenía amigos artistas y, en referencia a él, ella respondió: “Él no es artista, es un testigo. Es un testimonio de lo que puede hacer Dios con tu vida, si te dejas llevar por él”.
Sobreviviente. Juglar de la canción popular argentina, Cabral se retrataba como un vencedor del dolor; había aprendido a ser feliz.
“Borges decía que Walt Whitman se exigía la felicidad, que era un esperanzado a priori y yo soy el esperanzado a priori; me exijo la felicidad. Hago todo lo posible por estar donde puedo ser feliz”, dijo Cabral aquel 6 de abril.
Él, que era Facundo por Quiroga y Cabral por su abuelo, decía que era navegante y contó una, dos, quizá mil veces, en sus casi 60 años de carrera, que había sido abandonado por su padre cuando aún estaba en el vientre de Sara, su madre.
Dijo que había huido de casa a los 9 años y que, por la infortuna de tomar lo ajeno, a los 14 había ido a parar al reformatorio.
Hablaba de sí mismo como quien cuenta un cuento y nunca olvidaba el encuentro con un vagabundo llamado Simón, quien le contó el Salmo de la Montaña y, de esta forma, el artista se abrió a Dios. Por ese encuentro, escribió su primer tema: Vuele bajo; era una canción de cuna.
Las carencias, el trabajar como peón o mozo de hotel, la desigualdad en la que habitó, inspiraron temas como Pobrecito mi patrón o Señora de Juan Fernández.
¿Ser feliz había sido entonces una tarea dura para Cabral? “A pesar de la enfermedad, de las dictaduras, de la muerte de mi esposa y mi hija. Sufrí tanto de niño. Cruzamos un desierto de más de 3.000 kilómetros de la Patagonia, mi madre con siete hijos; murieron de hambre y de frío cuatro de ellos. Empecé a vivir solo a los 9 años, fui analfabeta hasta los 14; no podía decir ‘te amo’, no podía decir ‘te odio’, solo golpeaba y, de pronto, me puse con el arte”, contó en aquel abril.
Facundo era en sí mismo un anecdotario. Se cuenta que a los 9 años detuvo el auto que trasladaba al entonces presidente Juan Domingo Perón y le preguntó si había trabajo; entonces, la esposa del mandatario, Evita, se alegró de que alguien pidiera empleo y no limosna y ordenó darle trabajo a su mamá.
Cabral había sobrevivido a su cuerpo enfermo. A los 54 años, ya había perdido la vista dos veces. Sobran los relatos de los cronistas sobre cómo viajaba con una lupa que ponía en la mesa para poder ver.
A principios de los años 90 le detectaron un cáncer y hasta estuvo desahuciado, según contaba.
En una entrevista con La Nación, el 4 de octubre de 1992, dijo: “La muerte es una mudanza porque lo único que dejas es el cuerpo cuando te marchas de esta tierra, pero el espíritu continúa viviendo”.
Canción de paz. Si algo hizo Cabral en la vida fue trotar el mundo: de La Plata a la Tierra del Fuego; de Argentina a México. Vivió en Miami, recorrió 165 países –hasta su cuenta del año pasado– y en los últimos tiempos habitaba en un hotel en Buenos Aires.
“He vivido con beduinos, apaches, Chiapas, lo mismo que he comido con (el príncipe) Rainiero y Grace Kelly; en algunos países me echaron por mi amor a la libertad. No sé que me falta por vivir”, dijo.
Ese rodar mundo tenía que ver con su sentido de la libertad. En un juego de palabras, cosa a la que Cabral siempre le atinaba, él decía que era un “vagamundo”.
En ese “y rodar, y rodar, y rodar mi vida”, como diría Fito Páez, Cabral puso su canción al servicio de la paz y, por ello, la Unesco lo declaró Mensajero Mundial de la Paz y sus fans dieron la pelea para que fuera nominado al Nobel de la Paz.
Que era un andante empedernido y que ese andante no creía en las fronteras, mas sí en la libertad, está claro en No soy de aquí, ni soy de allá. Uno de sus éxitos.
En 1974, según Facundo Cabral, cantó por primera vez en Costa Rica y fue en el Teatro Nacional. Fue el comienzo de una relación de 35 años constantes con Costa Rica y que dio como fruto, al menos, 30 conciertos aquí.
Él le dio música a Costa Rica, y Costa Rica le dio el amor. Fue aquí, en 1976, donde conoció a Bárbara, estadounidense que fue su esposa y murió , junto a su pequeña hija de seis meses, en un accidente aéreo.
Estaba en la cafetería del hotel Cariari y vio a una joven de 19 años sentada ahí. Le dijo “¿quieres casarte conmigo?” y ella dijo, “¡sí!”.
Lo dicho por él en el Teatro Melico Salazar es contundente: “Me voy a ir feliz. Es duro decir adiós pero yo lo digo con tranquilidad porque fuimos hermanos y amigos. Al mundo le he dejado una canción”.
Fuente: LA NACION
Ana María Parra, La Nación, publicado el día domingo 10 de julio de 2011.
